Nunca pude descifrar el aroma del otro, siempre oculto
detrás de una loción, del jabón de baño, de productos para el cabello… parecía
imposible conocer a un amante por completo.
Quizá una vez hubo alguien con olor a mar, a inmenso mar…
pero no me gustó, quizá porque a mi nariz no le gusta la inmensidad de esos
amantes, llenos de secretos tan profundos que no podría comprender… al menos no
en aquella época, o simplemente porque prefiero los ríos de agua dulce.
Pero un día conocí al hombre cuyo aroma saltó de su pecho a
mi nariz y comencé a oler sus brazos, su cuello, su espalda… y me volví loca, tenía
la certeza de conocer su cuerpo por completo. Estaba ahí olfateando al hombre de
mis sueños. Entendí la euforia de dormir sobre su almohada y de hundirme sin
tiempo entre su piel.
Ese hombre despertó todos mis sentidos, puedo verlo con la
nariz, olerlo con los ojos, tocarlo con el oído… saborearlo todo sólo con
pensar en él.

