Nunca se me va a olvidar esa tarde, incluso cuando recuerdo los detalles me doy lástima y un poquito de tristeza se mete por la cabeza y llega hasta el corazón.
Hacía mucho frío, no sé el mes y mucho menos el día, pero seguro fue entre semana porque pasé después del trabajo. Usaba una chamarra en tono café claro y con mucha angustia toqué el timbre de aquella casa cargando todavía mi mochila con algunas de las revistas que sacamos aquella vez. Mis latidos eran fuertes, tan fuertes que los sentí en mi garganta y nadie abrió la puerta.
Es difícil explicar la emoción de aquellas horas, me senté cerca a la puerta, encogí las piernas, recargué mi cara en ellas y con los brazos sobre las rodillas me puse a llorar. El callejón estaba vacío y ya tenía como una hora y media esperando mientras lloraba. Pasaron caminando muchas personas pero nunca me atreví a ver quienes eran, igual a ellos no les importó quien era yo.
Escuché unas llaves pero no levanté la mirada, abrieron la puerta de la casa frente a la mi cuerpo encogido esperaba, entonces pasaron como 10 minutos y la volvieron a abrir. Una señora salió de la casa y se acercó, preguntó “¿Estás bien?” y fue cuando por primera vez después de tanto tiempo despegué la cara de las rodillas… “Si, gracias”, y me tocó la cabeza “pero estás llorando, mírate… ¿no quieres entrar a mi casa?, y yo no sabía que contestar entonces dije… “No, es que estoy esperando a una persona” y ella me respondió “Pero mientras la esperas puedes estar en mi casa, no te quedes aquí esta muy frío y ya es muy noche”…. Entré a su casa, me dio un té, me presentó a su hermana y me contaron que eran maestras y estar con ellas me llenó de una tranquilidad que desapareció toda la angustia.
Finalmente llegó la persona a la que esperaba y me fui….
Mucho tiempo después compré unas galletas de mantequilla y fui nuevamente a aquella casa a visitar a esas maestras que me dieron paz cuando uno no sabe a quien platicarle sus ansiedades, ese día ellas me dieron unas cañas y unas mandarinas.
Cuando salí me di cuenta que nunca me preguntaron mi nombre, e igual no hizo falta…
No sé si aún vivan en la misma casa, o si recuerden como yo aquel día. Tal vez vuelva a comprar galletas de mantequilla y las vaya a ver, no sé, pero muchas gracias, puede ser una simpleza para alguien más, pero para mí fueron la salvación de lo que pintaba para una de las más amargas noches de mis días.
Hacía mucho frío, no sé el mes y mucho menos el día, pero seguro fue entre semana porque pasé después del trabajo. Usaba una chamarra en tono café claro y con mucha angustia toqué el timbre de aquella casa cargando todavía mi mochila con algunas de las revistas que sacamos aquella vez. Mis latidos eran fuertes, tan fuertes que los sentí en mi garganta y nadie abrió la puerta.
Es difícil explicar la emoción de aquellas horas, me senté cerca a la puerta, encogí las piernas, recargué mi cara en ellas y con los brazos sobre las rodillas me puse a llorar. El callejón estaba vacío y ya tenía como una hora y media esperando mientras lloraba. Pasaron caminando muchas personas pero nunca me atreví a ver quienes eran, igual a ellos no les importó quien era yo.
Escuché unas llaves pero no levanté la mirada, abrieron la puerta de la casa frente a la mi cuerpo encogido esperaba, entonces pasaron como 10 minutos y la volvieron a abrir. Una señora salió de la casa y se acercó, preguntó “¿Estás bien?” y fue cuando por primera vez después de tanto tiempo despegué la cara de las rodillas… “Si, gracias”, y me tocó la cabeza “pero estás llorando, mírate… ¿no quieres entrar a mi casa?, y yo no sabía que contestar entonces dije… “No, es que estoy esperando a una persona” y ella me respondió “Pero mientras la esperas puedes estar en mi casa, no te quedes aquí esta muy frío y ya es muy noche”…. Entré a su casa, me dio un té, me presentó a su hermana y me contaron que eran maestras y estar con ellas me llenó de una tranquilidad que desapareció toda la angustia.
Finalmente llegó la persona a la que esperaba y me fui….
Mucho tiempo después compré unas galletas de mantequilla y fui nuevamente a aquella casa a visitar a esas maestras que me dieron paz cuando uno no sabe a quien platicarle sus ansiedades, ese día ellas me dieron unas cañas y unas mandarinas.
Cuando salí me di cuenta que nunca me preguntaron mi nombre, e igual no hizo falta…
No sé si aún vivan en la misma casa, o si recuerden como yo aquel día. Tal vez vuelva a comprar galletas de mantequilla y las vaya a ver, no sé, pero muchas gracias, puede ser una simpleza para alguien más, pero para mí fueron la salvación de lo que pintaba para una de las más amargas noches de mis días.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario