
Desde muy niña me gustó la poesía, quiza herencia de mi padre a quien le encanta declamar. Recuerdo que mi papá, a mi hermana y a mí, nos sentaba en sus rodillas y nos declamaba “Nocturno a Rosario”: ¡pues bien!, yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto y al grito que te imploro, te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión”.
A veces, Albertico (mi papá) sacaba el libro de poemas, un libro gordo color morado, buscaba sus poemas favoritos y declamaba… “¡Y bien! aqui estás ya... sobre la plancha donde el gran horizonte de la ciencia la extensión de sus límites ensancha. ...” y se emocionaba de tal forma que me intrigó sentir como él aquellas letras que muchas veces lo hacían llorár.
Aquellos años de poesía fueron de los mejores…
Hoy en día mi papá ya no me sienta en sus rodillas, ya no declama como antes, ahora platicamos del trabajo, de los problemas de los grandes… extrañó mucho aquellos días de poesía.
Me apoderé del libro gordo color morado, y comencé a leer aquellas letras, todos los autores del libro son mexicanos y eso me gustó aún más. Me aprendí varios poemas y el que transcribo a continuación me atrapó desde la primera vez que lo leí.
Gracias albertico por esos días en tus rodillas…
Era un cautivo beso enamorado de una mano de nieve, que tenía la apariencia de un lirio desmayado y el palpitar de un ave en la agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave, se acercó tanto a la prisión del beso, que ya no pudo más el pobre preso y se escapó; mas, con voluble giro, huyó la mano hasta el confín lejano, y el beso que volaba tras la mano, rompiendo el aire, se volvió suspiro.
Luis G. Urbina
Luis G. Urbina
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