lunes, octubre 30, 2006

Regalos


La primera vez fue un cojín para descansar los pensamientos, ordenarlos y reposar sobre esas ideas cubiertas por el exquisito sabor de las nuevas emociones; un libro de Gabriel García Márquez que materializaron sus más profundas fantasías e ilusiones.

La segunda vez fue una memoria USB de 256 MB para almacenar los buenos momentos y pasarlos al CPU de la cabeza olvidadiza; una chamarra calientita para abrazar esos recuerdos que comenzaban a ser parte de la vida diaria.

Y esta vez, ¿qué regalos navideños pueden ser?

domingo, octubre 08, 2006

Rodillas de Albertico-chiquitico


Desde muy niña me gustó la poesía, quiza herencia de mi padre a quien le encanta declamar. Recuerdo que mi papá, a mi hermana y a mí, nos sentaba en sus rodillas y nos declamaba “Nocturno a Rosario”: ¡pues bien!, yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto y al grito que te imploro, te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión”.

A veces, Albertico (mi papá) sacaba el libro de poemas, un libro gordo color morado, buscaba sus poemas favoritos y declamaba… “¡Y bien! aqui estás ya... sobre la plancha donde el gran horizonte de la ciencia la extensión de sus límites ensancha. ...” y se emocionaba de tal forma que me intrigó sentir como él aquellas letras que muchas veces lo hacían llorár.

Aquellos años de poesía fueron de los mejores…

Hoy en día mi papá ya no me sienta en sus rodillas, ya no declama como antes, ahora platicamos del trabajo, de los problemas de los grandes… extrañó mucho aquellos días de poesía.

Me apoderé del libro gordo color morado, y comencé a leer aquellas letras, todos los autores del libro son mexicanos y eso me gustó aún más. Me aprendí varios poemas y el que transcribo a continuación me atrapó desde la primera vez que lo leí.

Gracias albertico por esos días en tus rodillas…

METAMORFOSIS
Era un cautivo beso enamorado de una mano de nieve, que tenía la apariencia de un lirio desmayado y el palpitar de un ave en la agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave, se acercó tanto a la prisión del beso, que ya no pudo más el pobre preso y se escapó; mas, con voluble giro, huyó la mano hasta el confín lejano, y el beso que volaba tras la mano, rompiendo el aire, se volvió suspiro.
Luis G. Urbina

jueves, octubre 05, 2006

AMANECER CON GANAS

Una mujer a veces amanece con “ganas”, de esas ganas que dejan una temperatura caliente poco usual entre sus piernas, de las ganas que no la dejan caminar porque el roce de la ropa le provoca y cuando las ganas llegan una batalla surge en su interior entre los deseos y las posibilidades. Una mujer a veces amanece indiferente, no importa quien la saluda ni sus intensiones, incluso vestirse puede ser irrelevante y el “look” pasa a segundo plano.
Mala combinación la indiferencia y las ganas, no es igual cuando una mujer se levanta con ganas y queriendo verse bonita, la cosa cambia en proporciones abismales. Busca su mejor sostén, las bragas de encaje o definitivamente se siente tan segura y confiada que prefiere no usar nada bajo la ropa y entonces camina entre la gente y se convierte en un imán, las miradas van a ella aunque no sepan que los pantalones le rozan el clítoris cuando cruza las piernas y esa sensación le roba el aliento por instantes y recorre toda su vulva haciéndola sonreír. Al caminar sólo llama la atención y es el fin escondido, el fin de trasfondo que nadie, sólo ella, sabe en lo profundo de sus pasos.
Aquel día amaneció indiferente, pero con apetitos y con la sensación en el cuerpo que provoca excitación, así pasó gran parte del día, sin grandes líos. Ya por la tarde una que otra llamada para salir pero nada la convencía en absoluto, así optó por lo seguro y se fue con Clara y sus amigos dispuesta a pasarlo realmente bien.
Aquella noche dejó los formalismos en casa, las buenas costumbres (que por cierto ya no sabía cuales eran) y sus maneras poco simpáticas. Después de algunos cócteles le dio permiso a su cuerpo para que hablará por ella, le consintió expresarse tal como ella se sentía… suave, ligera, vaporosa, líquida, húmeda, caliente.
No llevaba las bragas rojas de encaje para las grandes ocasiones, unas braguitas que se amarran con listones a los lados, que cuando tiras de ellos se dejan caer entre las piernas, se deslizan brutalmente hasta llegar al suelo o a las sábanas y comienza entonces otra batalla. Pero esa noche… esa noche no hacían falta.