Tan sólo de imaginarlo me duele el corazón, se cierra mi cordura y el nudo de la garganta retumba por en mi cabeza también.
Cuando te veía sentado en el sillón de cuero, con tus anteojos y tu cigarro, con las piernas larguísimas y el libro de novelas vaqueras. Siempre, quizá tontamente, sentí que serías eterno.
Podría decirte que recuerdo con inmenso cariño mi infancia, siempre estuviste ahí de una u otra forma. Ir a tu casa siempre fue divertido. ¿Recuerdas que cuando llegábamos amarrabas a los perros porque les teníamos miedo?. Generalmente mi hermana y yo dormíamos en el cuarto donde se escuchan las palomas y como a las cinco de la mañana abríamos los ojillos llenos de sueño sólo para escuchar tus pasos porque ya estabas levantado.
Como un secreto, como aquello que nadie debe de saber, nos llamabas a tu recámara y nos llenabas de dulces. Apenas hacíamos un puñito diminuto para atrapar aquellas delicias, creíamos que no era bueno ser tan avorazadas y quitarte tus caramelos, pero tú nos decías bien bajito “ponga las dos manos mija” y nos dabas más de lo que creíamos merecer, hasta en las bolsitas llevábamos nuestros dulces y siempre fue así.
Si yo escribiera de todo lo que me acuerdo es probable que no termine nunca. Siempre te veías igual y cuando hablabas era conoces miles de personalidades diferentes. Fuiste velador, policía, vendías chicharrón, cultivabas frijoles, viajaste a Estados Unidos, te casaste a los 17 con una mujer que no debías y que causó que tu madre te desheredara o algo así, igual a los 17 eras completamente calvo, incluso mataste gente y nos diste la razón de porque nunca comes pan de panadería y porque desde hace años no tomas pepsi. Tu lucidez, esa chispa y el chiste de siempre te hacen especial.
Aún, no puedo creer que te vayas algún día. Me gusta presumir con mis amigos tus 97 años, siempre dije que llegarías a los 100 mínimo. Y como no voy a pensarlo si de vez en cuando cocinabas, lavabas la cisterna, barrías los patios y aún antes trabajabas en carpintería.
Creo que siempre me impresiono tu tranquilidad, la paz de estar contigo aunque no digamos nada. ¿Recuerdas que mis hermanas y yo somos tus gordas, que Nubia, Alma y Sheila son tus flacas y que Diego y Beto son tus güeros?, tal vez me estoy confundiendo con Beatriz… Te acuerdas cuando se murió, es el único recuerdo que tengo de ti realmente enfermo de tristeza y quizá con la paz turbada. Dijiste que deseabas morirte igual que ella, que la extrañabas a pesar de sus eternas peleas y que ella era tu compañera de más de 60 años, que no te pidieran no estar triste. Aun así seguiste. Ya pasaron 7 años de eso y decidiste quedarte más tiempo con nosotros. Aquella vez pensé que te perdíamos para siempre.
Te ha tocado ver tantas y tantas cosas que no sé como tu mente sigue sin dejar escapar los recuerdos. Así como te veo no puedo imaginar tu dolor cuando se suicido uno de tus hijos. Eres igual un misterio que ya esta por extinguirse.
Gracias por las donas de chocolate, por el yogurt, por el refresco y por las cosas que mi mamá siempre consideró poco sanas, igual por ser excéntrico y parte fundamental de varias charlas.
Tampoco olvido tu trago de tequila todos los días ni las 3 o 4 cucharadas de azúcar cobre el cereal o las enormes cebollas que te comías en el caldo de pollo.
Si pudiera escribir un libro lo sería sobre ti, de eso no cabe duda.
Para mí, sin temor a equivocarme siempre serás el mejor abuelo. Sé que no muchas veces te lo he dicho, es más creo nunca lo he hecho. Te quiero tanto, siempre has sido el consentido abuelito Manuel o abuelito Heidi como te decía en San Andrés.
Cuando crecí supe que las personas tenemos que morir un día, es lo único realmente seguro, pero era tanta mi fantasía que aún me cuesta trabajo pensar que no serás eterno. Ojalá que nunca te fueras Manuel Hidalgo López de Nava Muñoz.
Acaban de diagnosticarte cáncer en el páncreas, dicen que no te duele e incluso reí un poco cuando me enteré que casi huyes del hospital para irte a tu casa, que la enfermera te descubrió justo a tiempo cuando buscabas tu ropa.
Abuelito Manuelito, para mí siempre serás importante y a mis 25 años no quiero que te mueras y si es así sólo pido que no te duela. Te quiero.
Cuando te veía sentado en el sillón de cuero, con tus anteojos y tu cigarro, con las piernas larguísimas y el libro de novelas vaqueras. Siempre, quizá tontamente, sentí que serías eterno.
Podría decirte que recuerdo con inmenso cariño mi infancia, siempre estuviste ahí de una u otra forma. Ir a tu casa siempre fue divertido. ¿Recuerdas que cuando llegábamos amarrabas a los perros porque les teníamos miedo?. Generalmente mi hermana y yo dormíamos en el cuarto donde se escuchan las palomas y como a las cinco de la mañana abríamos los ojillos llenos de sueño sólo para escuchar tus pasos porque ya estabas levantado.
Como un secreto, como aquello que nadie debe de saber, nos llamabas a tu recámara y nos llenabas de dulces. Apenas hacíamos un puñito diminuto para atrapar aquellas delicias, creíamos que no era bueno ser tan avorazadas y quitarte tus caramelos, pero tú nos decías bien bajito “ponga las dos manos mija” y nos dabas más de lo que creíamos merecer, hasta en las bolsitas llevábamos nuestros dulces y siempre fue así.
Si yo escribiera de todo lo que me acuerdo es probable que no termine nunca. Siempre te veías igual y cuando hablabas era conoces miles de personalidades diferentes. Fuiste velador, policía, vendías chicharrón, cultivabas frijoles, viajaste a Estados Unidos, te casaste a los 17 con una mujer que no debías y que causó que tu madre te desheredara o algo así, igual a los 17 eras completamente calvo, incluso mataste gente y nos diste la razón de porque nunca comes pan de panadería y porque desde hace años no tomas pepsi. Tu lucidez, esa chispa y el chiste de siempre te hacen especial.
Aún, no puedo creer que te vayas algún día. Me gusta presumir con mis amigos tus 97 años, siempre dije que llegarías a los 100 mínimo. Y como no voy a pensarlo si de vez en cuando cocinabas, lavabas la cisterna, barrías los patios y aún antes trabajabas en carpintería.
Creo que siempre me impresiono tu tranquilidad, la paz de estar contigo aunque no digamos nada. ¿Recuerdas que mis hermanas y yo somos tus gordas, que Nubia, Alma y Sheila son tus flacas y que Diego y Beto son tus güeros?, tal vez me estoy confundiendo con Beatriz… Te acuerdas cuando se murió, es el único recuerdo que tengo de ti realmente enfermo de tristeza y quizá con la paz turbada. Dijiste que deseabas morirte igual que ella, que la extrañabas a pesar de sus eternas peleas y que ella era tu compañera de más de 60 años, que no te pidieran no estar triste. Aun así seguiste. Ya pasaron 7 años de eso y decidiste quedarte más tiempo con nosotros. Aquella vez pensé que te perdíamos para siempre.
Te ha tocado ver tantas y tantas cosas que no sé como tu mente sigue sin dejar escapar los recuerdos. Así como te veo no puedo imaginar tu dolor cuando se suicido uno de tus hijos. Eres igual un misterio que ya esta por extinguirse.
Gracias por las donas de chocolate, por el yogurt, por el refresco y por las cosas que mi mamá siempre consideró poco sanas, igual por ser excéntrico y parte fundamental de varias charlas.
Tampoco olvido tu trago de tequila todos los días ni las 3 o 4 cucharadas de azúcar cobre el cereal o las enormes cebollas que te comías en el caldo de pollo.
Si pudiera escribir un libro lo sería sobre ti, de eso no cabe duda.
Para mí, sin temor a equivocarme siempre serás el mejor abuelo. Sé que no muchas veces te lo he dicho, es más creo nunca lo he hecho. Te quiero tanto, siempre has sido el consentido abuelito Manuel o abuelito Heidi como te decía en San Andrés.
Cuando crecí supe que las personas tenemos que morir un día, es lo único realmente seguro, pero era tanta mi fantasía que aún me cuesta trabajo pensar que no serás eterno. Ojalá que nunca te fueras Manuel Hidalgo López de Nava Muñoz.
Acaban de diagnosticarte cáncer en el páncreas, dicen que no te duele e incluso reí un poco cuando me enteré que casi huyes del hospital para irte a tu casa, que la enfermera te descubrió justo a tiempo cuando buscabas tu ropa.
Abuelito Manuelito, para mí siempre serás importante y a mis 25 años no quiero que te mueras y si es así sólo pido que no te duela. Te quiero.
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