No era muy temprano, aun así el sueño dominaba los párpados y sólo el colchón deforme la aventó bruscamente de la cama. Un camisón casi trasparente cubría las formas de la soledad. El frío era intenso fuera de la cobijas, apenas un respiro y se congelaba todo alrededor, pero no importó entonces.
Embriagada de deseos caminó lentamente a la cocina, tomó los cerillos largos que se encontraban en la mesa y encendió la estufa, buscó la tetera que años antes le heredara su abuela y calentó agua con hojas de té de limón. La cocina adquiría cierto calor pero ella prefería ir a la venta y ver como la gente caminaba sin mirarla, era como un espía, oculto en las sombras, viendo como los niños hacía travesuras a sus padres y como los amantes se besaban sin pensar. Se divertía, se frotaba constantemente los brazos desnudos y también jugaba en la ventana con su aliento. Se escuchó un silbido, era tiempo de retirar el té del fuego.
Con la taza en la mano, y junto a la ventana, tomó el primer trago y esa sensación la satisfizo completamente, el calor la recorrió tan lenta y suavemente que apenas pudo respirar. La última gota se escapó de la taza y apenas pudo mover la mano cuando sintió aquella tibieza por sus pechos.
El sabor amago que le dejaba el té de limón le recordaba sus besos.
Embriagada de deseos caminó lentamente a la cocina, tomó los cerillos largos que se encontraban en la mesa y encendió la estufa, buscó la tetera que años antes le heredara su abuela y calentó agua con hojas de té de limón. La cocina adquiría cierto calor pero ella prefería ir a la venta y ver como la gente caminaba sin mirarla, era como un espía, oculto en las sombras, viendo como los niños hacía travesuras a sus padres y como los amantes se besaban sin pensar. Se divertía, se frotaba constantemente los brazos desnudos y también jugaba en la ventana con su aliento. Se escuchó un silbido, era tiempo de retirar el té del fuego.
Con la taza en la mano, y junto a la ventana, tomó el primer trago y esa sensación la satisfizo completamente, el calor la recorrió tan lenta y suavemente que apenas pudo respirar. La última gota se escapó de la taza y apenas pudo mover la mano cuando sintió aquella tibieza por sus pechos.
El sabor amago que le dejaba el té de limón le recordaba sus besos.
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