MONTERREY, NL.- El estómago se retuerce como lombriz con sal y siento el enorme hueco, miro apresurada el reloj de pulsera y marca la 1:30 de la tarde; es la hora de comer. Todo se antoja y es que variedad de comida en México es lo que sobra, desde las tortas ahogadas de Jalisco, el mole negro de Oaxaca, las empanaditas de pescado en Veracruz, las tortas de lomo de lechón de San Luis Potosí y otros miles de platillos que me hacen gritar por su ausencia y babear sólo de imaginarlos. No cabe duda que si algo podemos presumir los mexicanos es la gastronomía del país.
Acelero mi huída hacia alguna parte con aroma de comida recién preparada. Mientras acomodo los papeles dispersos sobre el escritorio llega el ensueño de una mesa repleta de todos los platillos imaginables. Súbitamente me despierto de mi letargo, pues la tripa reclama de nuevo que me apresure, y llega la pregunta: ¿Si frente a mí estuviera esa mesa, cuál sería la elección?... No cabe duda, no hay equivocación, ¡tengo la respuesta!: quiero comerme, engullirme, devorarme, zamparme, atiborrarme, un delicioso e inigualable TLACOYO DE FRIJOLITOS, con nopales y queso espolvoreado.
Viene a mi mente el recuerdo de la Marquesa, los puestos a medio día un dominguito con la familia o los amigos. Una señora se pavonea contenta frente a su parrilla mientras prepara tortillas de nixtamal de color oscuro por el maíz, que se torna morado azuloso, con un sabor particular que alegra y hace saltar mis papilas gustativas cada vez que los pruebo. Después los rellena de frijoles, chicharrón, habas o requesón.
Los Tlacoyos, palabra que viene del náhuatl tlataoyo, son considerados un antojito típico del centro del país y delicia deambulando en cada esquina del Estado de México. Recuerdo en particular los de Toluca, cuando salía de clases y me comía uno de chicharrón. Son sabrosísimos para el hambre de la mañana, exquisitos a la hora de la comida y deliciosos cuando tenemos un hambre que carcome las entrañas al anochecer.
Así es, tlacoyos, caldo tlalpeño, tamales, corundas, pellizacadas, papadzules, y cientos y cientos de platillos específicos de cada región del país que no sólo dan gusto y regocijo al paladar, satisfacción al estómago; sino que nos recuerdan un momento, una época, un lugar y evocan las mejores cosas de la vida.
Me ha dado más hambre, he recordado mi ciudad, pero también ha llegado la tristeza… ¡en Monterrey no venden tlacoyos! ¿Tendré que comer machaca con huevo?
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